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Nazaret,
zona rural del Oriente Medio, hace 2000 años: unos cuarenta y tantos
años cuando su hijo inicia su vida pública; gastada por duros trabajos,
manos encallecidas, vestida humildemente; analfabeta, pero llena de esa
sabiduría popular que da el contacto con los dolores y las alegrías de
la vida; pobre, pero con toda su esperanza puesta en Dios y, como todas
las madres, temerosa de que su hijo corriera peligros «metiéndose en
política».
Y
además: esposa prematura de un carpintero, aldeana de una colonia más
bien sospechosa, víctima de opresión religiosa, social y política, madre
de un hijo revolucionario contra el poder establecido...
¿Al
lado de quién estaría hoy esta mujer? Al de:
-
las campesinas anónimas
de nuestros pueblos,
-
las mujeres negras
segregadas del Apartheid,
-
las madres de la plaza de
mayo,
-
las gitanillas del mundo;
-
las obreras sin
cualificación,
-
las madres solteras,
-
las monjas de clausura,
-
las adolescentes, novias,
viudas, madres…
-
Y también, al lado de
nuestra buena vecina del barrio, ama de casa, fregona de escaleras,
solícita vecina del 3º sin ascensor...
Pues, para esta mujer magnífica de ayer y de hoy, la más
magnífica oración de María:
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Proclama
mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde
ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él
hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia
a Israel su siervo,
acordándose de la misericordia,
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.
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